
La evaluación es fundamental para determinar la magnitud y la evolución de la necesidad o situación a gestionar. Y la evaluación tiene una doble función:
a) Inicial, para informarnos del punto de partida, acotarnos, mostrarnos de qué se trata y hasta dónde abarca el motivo de evaluación;
b) De seguimiento, para informarnos (en diferentes momentos) sobre la evolución de aquella situación de partida teniendo en cuenta las intervenciones que se programaron para su gestión positiva.
Toda persona está en permanente evolución y, en ningún caso, la evaluación ha de “fijar en el tiempo” a la persona evaluada. Ha de ser un medio para… no un fin en sí misma.
De los diferentes tipos de evaluación que se pueden describir, nosotros ponemos el acento en aquellas dos modalidades que nos permiten determinar:
a) La magnitud y la orientación del problema o necesidad a abordar (evaluación inicial) y
b) La evolución y el ritmo de los progresos a partir de las intervenciones indicadas (evaluación de seguimiento).
La evaluación de seguimiento nos informa de los progresos, los deterioros, los ritmos en los cambios, los efectos derivados de las atenciones recibidas, etc.
Desde la FAC siempre hemos promovido la evaluación de signo evolutivo, aquella que nos aporta datos referenciados a la edad evolutiva de las personas evaluadas, para no confundirnos con su edad cronológica dado que las personas que no siguen una “evolución normalizada” tienen un desfase entre ambas edades (mayor edad cronológica que la evolutiva en personas «infradotadas»; mayor edad evolutiva que la cronológica en personas «sobredotadas»).
De ahí que los instrumentos de evaluación de competencias que proponemos desde la FAC tengan ese objetivo: indicarnos la edad evolutiva de la persona evaluada a partir de los resultados obtenidos.
